Etapa de cambios

La adolescencia es una etapa de la vida que se caracteriza por un continuo crecimiento, pues es la transición entre la infancia o edad escolar y la edad adulta. Esta transición de cuerpo y mente proviene no solamente del individuo mismo, sino que se conjuga con su entorno, trascendental para que los grandes cambios psicológicos que se producen lo hagan llegar a la edad adulta, es decir, la adolescencia es un fenómeno biológico, cultural y social y, por lo tanto, sus límites no se asocian simplemente a las características puramente físicas.

A diferencia de la pubertad, que comienza a una edad determinada (generalmente, en torno a los doce o trece años) debido a cambios hormonales, la adolescencia puede variar mucho en edad y en duración en cada individuo, pues está relacionada no solamente con la maduración del niño sino que depende de factores psicosociales amplios y complejos, originados principalmente en el seno familiar.

Dado que el término depende de la madurez psicológica, la edad exacta en que concluye no es homogénea y dependerá de cada individuo, por lo que no existe un consenso sobre en qué edad termina la adolescencia. Algunos psicólogos como Erik Erikson, consideran que la adolescencia, definida como el periodo en el que se produce la búsqueda de la identidad que define al individuo para toda su vida adulta, finaliza cuando queda plenamente consolidada la personalidad en torno a los 21 años de edad. Es curioso como las distintas culturas difieren respecto a cuál es la edad en la que las personas llegan a ser adultas.

Sin embargo, sí encontramos una serie de rasgos comunes en todos los/las adolescentes que se manifestarán poco a poco, independientemente de que esta etapa sea más temprana o más tardía:

En primer lugar, la maduración física y sexual. Con la primera menstruación (en torno a los 12 años de edad) o con la primera emisión de esperma (en torno a los 13), el cuerpo infantil de los niños y niñas sufre una serie de cambios a los que deberán ir acostumbrándose (cambios en el cuerpo, estatura, peso, en la voz, crecimiento del vello, etc.).

Acompañando los distintos cambios físicos que los nuevos adolescentes experimentan, pueden venir importantes cambios psicológicos. Éstos se correlacionan con la aceptación y adaptación al nuevo cuerpo, el cual evidencia una apariencia muy distinta al cuerpo de niña/o. Se suelen preguntar acerca de lo que les está pasando, si es normal, y así comienzan los estados de ansiedad y preocupación por los cambios físicos del cuerpo. Junto a estos, tienen lugar una serie de cambios hormonales que afectarán a su estado de ánimo y su humor. Esto les impulsa a abandonar su identidad infantil y empezar a valorar la realidad en la que vive y las reglas por las que se ha tenido que regir hasta ahora.

Por otro lado, se produce también un importante avance en el desarrollo intelectual. Los adolescentes empiezan a pensar de un modo más abstracto y más racional, convirtiéndose en personas más críticas. Esto les permite, entre otras muchas cosas, evaluar y comprender las normas familiares de una forma diferente, cuestionando muchas veces a sus padres, y en muchas ocasiones bajándoles del pedestal en el que les tenían colocados.

Según Piaget, “el carácter fundamental de la adolescencia es la inserción del individuo en la sociedad de los adultos”, es decir, se sumergen en una lucha continua por encontrar un sitio en “el mundo de los adultos”. Esta inserción significa el considerarse iguales a ellos y juzgarlos en un plano de igualdad y reciprocidad, esperando lo mismo a cambio. Y, al mismo tiempo, comienzan a trazar un programa de vida futura, es decir, empiezan a pensar en su futuro, en su independencia y en su vida laboral.

Todos estos cambios anteriormente mencionados, producen una reacción en el adolescente y modulan e influyen en su conducta: deben hacer frente al nuevo cuerpo y a la nueva imagen corporal, están en continua búsqueda de una identidad y también de nuevas sensaciones y tienen nuevos papeles sociales, es decir, se les deja de tratar como niños, lo que supone una maduración y la asunción de nuevos roles, toma de decisiones, asumir responsabilidades, etc. Se enfrentarán a lo largo de estos años a descubrirse a sí mismos y a descubrir quiénes quieren llegar a ser.

Crisis de identidad

Esta crisis de identidad de la que hablamos se produce mayoritariamente en dos áreas: consigo mismo, para encontrarse a sí mismo y demostrarse independiente y con un papel en la sociedad; y con el entorno, para explorar el mundo exterior, adoptar nuevas formas de pensar y de sentir.

De esta manera, en su lucha por lograr una imagen aceptable de sí mismo, su objetivo es demostrarse y demostrar a los demás que es una persona capaz y válida; y su atención se concentra en resaltar las diferencias respecto al niño infantil que era. Sus principales obstáculos para ello, están por tanto, en sí mismo y en la dependencia de sus padres. Poco a poco, necesitará desprenderse de sus vínculos familiares infantiles y crear con sus padres una relación más madura.

Esto ocurre porque en un principio, la mayor parte de lo que el adolescente es y piensa, procede de sus padres. Sus razonamientos y convicciones están influidos por aquello recibido durante la infancia en el ámbito familiar, lo que le sitúa continuamente en una situación conflictiva, sintiéndose al mismo tiempo fuertemente dependiente pero deseoso de independencia.

A esto se suma el desarrollo de un pensamiento más analítico y reflexivo, es decir hay un mayor aferramiento a las ideas propias y un mayor cuestionamiento a las ideas y pensamientos de las figuras que hasta ahora habían sido la autoridad, padres y profesores en mayor medida.

Este tipo de pensamiento también conduce a una modificación de las relaciones, donde los nuevos adolescentes afianzan las existentes con los amigos, alejándose en cierta medida de las personas adultas.

Es en la adolescencia, cuando el proceso de identificación, que actúa como cimiento para la construcción de la identidad, se produce a partir de la interacción con personas de la misma edad. Necesitan sentirse dentro de un grupo y apoyados por sus iguales, pues al fin y al cabo, todos se están enfrentando al mismo “cocktail” de cambios, sentimientos y situaciones.

Durante todo este proceso, puede ser que los adolescentes, motivados por estos cambios, muestren conductas que denotan actitudes de protesta, crítica, pareciendo en ocasiones maleducados, impulsivos, ser quienes siempre quieran tener la razón de las cosas, etc. E igual de habitual son los momentos de aislamiento, por ejemplo cuando se encierran en sus habitaciones, o bien las sensaciones de vergüenza o de incomodidad que los invaden por creer que todos están atentos a sus cambios físicos. Inevitablemente de la mano de estas sensaciones, los adolescentes comienzan a cuidar su apariencia física, desde formas de caminar, hablar, gesticular, hasta peinados, ropa y calzados. El objetivo es verse bien, aunque muchas veces los adultos no compartamos ese mismo concepto de “bien”; lo importante es sentirse aceptado.

Esto puede provocar un alejamiento del adolescente del medio familiar, y por ello se hace especialmente difícil mantener una relación sana con él basada en el diálogo continuado. Sin embargo, hay que intentar mantener “los momentos de comunicación” que refuerzan el clima y la convivencia familiar que hasta ahora teníamos. Ya no serán tan numerosos ni tan intensos como en la infancia, pero si

somos capaces de encontrar la oportunidad para mantener una conversación “adulta” (respetando sus puntos de vista, argumentando nuestras opiniones, admitiendo y considerando las suyas aunque no las compartamos o aunque nos parezcan disparatadas, valorando sus problemas con la importancia que para ellos tienen, expresando sentimientos y aceptando lo suyos, etc.), será más probable que se sientan apoyados, queridos y aceptados. Esto, sin duda, les ayudará a quererse y aceptarse a sí mismos y a pensar que los demás también lo hacen.

Dpto. de Orientación Psicopedagógica